Los pueblos del Africa Negra

10 de Agosto de 2020, por Alejandro Olmos Gaona


Apuntes sobre sus características e influencia en Latinoamérica

Con esa soberbia tan característica de la cultura occidental, todo lo referido a la importancia de la cultura africana, a sido siempre subestimado, si exceptuamos los trabajos referidos a Egipto, Marruecos o Etiopía; considerando como de menor significación todo aquello proveniente de los países que durante siglos fueran dominados y saqueados por las potencias europeas.

Generalmente cuando se hace alguna referencia tangencial en las historias que circulan en nuestro medio, se engloba a la cultura negra, como si fuera un todo compacto, sin diferencias apreciables, desconociendo –por ignorancia- la enorme diferencia que existe entre muchos pueblos africanos, a quien la torpeza colonial encerró en espacios geográficos unificados, aunque nada tuvieran que ver unos con otros, a excepción de la tonalidad de la piel –y en esto último también existen diferencias apreciables.

Ese desconocimiento –injustificable y producto de criterios euro céntricos- ha cambiado en los últimos treinta años debido a la notable labor de estudiosos como Jan Vansina, Joseph Ki Zerbo, Boubou Hama, Douglas Jones, Donald Morris, Emile Mworoha, Leyti Ndiaye, Oumar Ba y otros, pero aún cuando las investigaciones han avanzado notablemente, todavía existe un inmenso territorio cultural para analizar, existiendo aspectos de la sociedad africana como sus genealogías, sus sistemas de parentesco, su tradición oral, sus formas de individualización parental, y su culto a los antepasados, que siguen siendo territorio virgen, aún cuando mucho se haya avanzado.

Quizás donde más han comenzado a intensificarse estos estudios ha sido en Latinoamérica, pudiendo valorizarse de distinta manera el aporte africano y la actuación de los afro latinoamericanos en las historias nacionales, despojándolos del carácter exótico, para considerar su indudable importancia sociológica. Al comienzo de los estudios sobre la esclavitud, se han sucedido otros aportes de relevancia que Morner ha registrado (Magnus Mörner, Recent Research on Negro Slavery and Abolition in Latin América” Latin American Research Review, vol. 13, 1974), siendo quizás los más significativos aquellos que se refieren al Brasil ( Marcilio, Mattoso Viotti da Costa, Bastide)

En el caso de la Argentina, y salvo los conocidos trabajos de Elena Studer, Jorge E. Gallardo, Dina Picotti y Rodríguez Molas, que se refieren a aspectos parciales de la influencia africana, es casi inexistente lo que se ha investigado sobre el aporte de los negros a la formación de la sociedad argentina. Quizás haya dos excepciones: la primera, el estupendo trabajo de George Reid Andrews, “The Afro-Argentines of Buenos Aires, 1800-1900” donde analiza con minuciosidad todo lo relativo a la participación que tuvieron en por los menos los cien años a que ha limitado su estudio.

Es precisamente Andrews quien repara que a partir de 1863, desaparece de los registros parroquiales la clasificación racial, que vuelve a resucitarse en el censo municipal de 1887 y que la Dra. Alicia Vidaurreta atribuye al “auge del cientificismo racista proveniente de Europa y Estados Unidos en la generación de 1880. Como es notorio sus teorías plasmaron la ideología de los hombres que ocuparon, casi en totalidad, los más altos cargo públicos del país” (Alicia Vidaurreta, Comentarios Bibliográficos en Revista Histórica, Instituto Histórico de la Organización Nacional, Tº IV, Nº 8, Buenos Aires, enero-junio de 1981, pág. 224); la segunda, el importante trabajo de Narciso Binayán Carmona, La Genealogía en el Africa Negra (Revista del Centro de Estudios Genealógicos de Buenos Aires, Nºs ¾, Buenos Aires 1982, pp. 5-61). Binayán investigó en la Biblioteca del African Institute de Pretoria, en la de La Documentation Francaise, de Paris y en la del Institut Fundamental de l’ Afrique Noire de Dakar, además de haber reunido una importantísima bibliografía que resume con su probado talento.

Existió un intento de aproximarse al aporte de la sangre africana en sectores relevantes de la sociedad tradicional, siendo Madero y Binayán los que primero se animaron a trabajar un tema tabú, pero más allá de algunas aproximaciones interesantes, no es mucho lo que se ha avanzado. El prejuicio racial –quizás algo camuflado- sigue vigente y son pocos los que quieren empezar a transitar caminos diferentes para analizar una integración racial que no puede discutirse.

El hecho de haberme interesado desde hace mucho tiempo por la cultura africana, sus sistemas de parentesco y las formas de la historia oral, que es quizás el medio casi excluyente que utilizan para reconstruir su pasado, me llevó a interesarme un poco más por esa significativa diversidad de culturas, englobadas malamente como “cultura negra”. Es así que siempre me interesó bucear en las influencias que trajeron esos pueblos a nuestro continente, más allá de las superficialmente conocidas. También traté de indagar, como esa diversidad había tenido suficiente relevancia, para originar la inestabilidad política de los estados surgidos como consecuencia de la desaparición de los imperios coloniales. Entendí que a esas diferencias, solo se podía llegar con una rigurosa consideración de la historia oral de esos pueblos; tarea singularmente difícil, ya que supone hacer comparaciones metodológicas no siempre exactas, sumando toda la bibliografía y documentación que pudiera ser utilizada para una mejor comprensión de la historia de sus historias, que es porqué no decirlo, también, la historia de sus clanes, de sus familias, de la forma en que se estructuraron.

A riesgo de algunas equivocaciones, que podrán luego ser corregidas, es preferible bucear en la cultura africana, respetando esa tradición oral, que en muchos casos puede mostrar con exactitud hechos y circunstancias que sería imposible conocer a través de documentos escritos. Y aunque pueda impugnarse por deficiente ese método de conocimiento, como lo hiciera hace varias décadas Robert Lowie, creo que no existe otra posibilidad de acercarse a la historia africana y a sus tradiciones, si exceptuamos aquellas fuentes que provienen de viajeros occidentales o misioneros, que naturalmente estarán influidas por subjetividades culturales que surgen del propio punto de vista desde donde se efectúa el análisis.

Estudiar a las etnias diferentes del África negra, es una tarea difícil pero no imposible, y el reconocimiento de sus orígenes familiares, es un buen punto de partida para abordar la tarea. Aquí es donde puede reconocerse el valor de la tradición oral y correlacionar la historia de la familia o el linaje con la historia de cada pueblo. Ya en 1907 Emile Torday, investigador húngaro que estudiaba a los Bushongo o Bakuba del Congo, se había admirado de la exactitud de ciertos relatos. Cuenta Torday que escuchaba el largo recitado de la historia mítica y cuenta “habíamos llegado al 98º jefe, Bo Kama Bomanchala, dijeron que nada notable ocurrió durante su reinado, salvo que un día, a mediodía, el sol desapareció y la oscuridad fue completa durante un breve momento. Oyendo esto perdí todo control, salté y hubiera hecho cualquier locura. … No fue hasta varios meses más tarde que supe la fecha del eclipse…el 30 de marzo de 1680, día de un eclipse total de sol, que pasó exactamente sobre los Bushongo. No era posible la confusión con ningún otro porque fue el único visible en esa región durante los siglos XVII y XVIII (Emile Torday, Notes ethnographiques sur les peuples communément appelés, Bakuba, les Bushongo, Bruselas , 1910). 

Para entender el valor que pueden tener estas referencias orales, es interesante lo que apunta Niane: Desgraciadamente Occidente nos ha enseñado a menospreciar las fuentes orales en materia histórica; todo lo que no está escrito negro sobre blanco era considerado sin fundamento. También entre los intelectuales africanos se encuentran algunos tan limitados como para mirara con desdén los documentos “parlantes” que son los griots y para creer que no sabemos nada o casi nada de nuestro pasado, a falta de documentos escritos… En general en cada aldea del viejo Manding hay una familia de griots tradicionalista que custodia la tradición histórica y la enseña; más. Generalmente se encuentra una aldea de tradicionalistas por provincia.. El griot que detenta la cátedra de historia de una aldea y que es llamado Belën.Tigui (“señor de la palabra”) es un caballero muy respetable que ha recorrido todo el Manding. 

Ha ido de aldea en aldea para escuchar la enseñanza de los grandes Maestros; durante largos años ha estudiado el arte oratorio de la historia; además está juramentado… (Niane, Djibril Tamsir, Soundjata ou l’epopée mandingue, Paris, 1960), y voy a finalizar con la definición de Ki Zerbo “La tradición oral sola en una fuente histórica incompleta e incierta. Pero sometida al tratamiento metodológico apropiado, proporciona un aporte irreemplazable a la reconstrucción del pasado y el grado de certidumbre que generalmente se espera de la investigación histórica. En verdad no se puede hacer una historia válida de los pueblos africanos sin la tradición oral” ( Joseph Ki Zerbo, La tradition orale, problématique et méthodologie des sources de l’ histoire africaine, Ed. Dioulde Laya, Niamey, Centro Regional de Documentación para la Tradición Oral, 1972, pong 110).

En resumen, que si no recurrimos a la tradición oral, no tenemos posibilidad de estudiar la historia de los pueblos africanos y mucho menos sumergirnos en los aspectos profundos de su cultura y tradiciones, y por supuesto tampoco acercarnos a sus grupos familiares, a los sistemas de parentescos, a sus linajes. Y el escribir esta palabra puede resultar impropio para una consideración típicamente occidental, pero creo que es la palabra exacta, ya que hay linajes africanos, como en cualquier país de occidente, y el conocimiento de los mismos es una fuente notable de conocimientos para estudiar a los pueblos en toda su complejidad, y de allí ver cuales influencias culturales se han desarrollado en América

Para estudiar esos linajes familiares, es necesario tratar de reconstruir sus genealogías; las míticas y aquellas que pueden seguirse a través de testimonios bastante fiables, y ello nos irá mostrando una notable diversidad cultural, profundas diferencias entre pueblos primitivos como los Nuba (Sudán) y los refinados Wolof o Djolof de Senegal. También es necesario diferenciar la importancia de algunos pueblos de gran relieve de otros que han permanecido, sin un mayor desarrollo, siendo en algunos casos pueblos tributarios, como en el caso de tribus dominadas por los grandes imperios bantúes.

Curiosamente en esto de las genealogías míticas, los pueblos africanos tienen la misma característica que los de occidente al mitificar a sus ancestros y remontar sus orígenes a personajes legendarios. Quizás un caso ejemplificador lo constituyan los Sao, primeros pobladores de Chad, que sostienen como antepasado a Iutche, que fue hijo de Anak, y este hijo de Sita (Set) el tercer hijo de Adán y Eva.

Otro caso ejemplificador es de los Fulbés o Fulas, una nobleza guerrera de gran importancia entre el Atlántico y Camerún y que habitan en el Sud de Mauritania, el este de Senegal y en Fonta Ballón (Guinea) que pretenden venir de Selim, que sería hermano de Rabia y Mudar el rojo, antepasados de las dos grandes confederaciones árabes ismaelitas. Los Fulbés han cultivado minuciosamente sus genealogías y Ousman dan Fodio que fundara Sokoto el más grande los imperios fulbés, se encargó de que su familia fuera la que conservara siempre el poder. Uno de sus descendientes Al Hadji sir Ahmadu, generalísimo de Sokoto fue uno de los dirigentes que llevaron al país a su independencia y fue primer Ministro de Nigeria del norte desde 1953, alcanzando gran relevancia política, hasta su asesinato en 1966.

También están los Gaalín del Sudán, que remontan su ascendencia a El Abbás, tío carnal de Mahoma. Empero así como existen todas estas versiones míticas, la mayor parte de los pueblos africanos pueden reconstruir oralmente sus orígenes familiares, ya que para ellos, es de fundamental importancia el culto a los antepasados y el respeto a sus tradiciones. Y en esta lista podríamos incluir a los Soninké (del grupo Mandé) primera dinastía del imperio de Ghana; los Foung que instalaron el reino de Sennar (aunque algunos de ellos pretenden venir de los Califas Omeyas de Damasco, los Sissé, los Feita, los Askia (pueblo Songhai) y otras que sería largo enumerar.

En este seguimiento de orígenes familiares, hay linajes que pueden rastrearse a través de fuentes extranjeras que completarían la historia oral, con lo cual se entra en un terreno de mayor rigurosidad. En este sector podemos ubicar a grandes linajes negros como los Mogho-Naba, mossis del Alto Volta y los fundadores de los dos grandes Imperios bantúes del sur. En este caso, existe un hecho bastante singular y es que el Padre Enrique, fue consagrado Obispo por el Papa, en Roma en 1518, siendo vicario apostólico en su propio país entre 1221 y 1539. Era hijo de Alfonso I, poderoso monarca congolés, que combatió la trata de esclavos, que eran sus vasallos y denunció al Rey de Portugal, que sacerdotes portugueses traficaban esclavos. Su lucha con los traficantes fue intensa y estos trataron de asesinarlo. A pesar de profesar la religión católica no entendió los manejos que se hacían respecto de su pueblo. Este rey congolés fue hijo del manikongo Nzinga que al ser bautizado tomó el nombre de Juan I.

En toda esta complicada trama de pueblos, algunos absolutamente diferentes en cuanto a su poder, su cultura y su concepto de las jerarquías, no hay una antigüedad uniforme, sino que muchos de ellos pueden acreditar una notable antigüedad como los ya citados Gaalin o los Sissé de Ghana, y naturalmente los Yoruba que remontan su antigüedad al siglo XII y que después de los Haussa, son la segunda tribu más importante de Nigeria. Pero en general es difícil establecer una antigüedad en un determinado lugar más allá del siglo XVII y en algunos casos del XVI y en esta época se puede incluir a los Bergdamas de Namibia, los Dlamini de Swazilandia y los Bushongo o Bakuba del Congo, los Bamún de Camerún, los Xhosas del Trasnkei y Sudán, los Mangbetu del norte del Zaire, los Uukuanyama (nación ouambo) de Namibia y Angola, los Tongha de Mozambique, los Zandé del Norte del Zaire (una de las naciones más aristocráticas del siglo XIX con una cerrada estructura feudal), la casa real Zulú, uno de cuyos reyes, Mandalela derrotó a los ingleses en la sangrienta batalla de Isandhalawa, la dinastía troncal de las ocho grandes tribus Tswanas de Sotos del norte, los Shilluk de Sudán, los Bemba de Zambia, los Shirazi de Tanzania, los Herero de Tanzania. El caso de esta tribu es singularmente trágico, ya que lucharon por ser libres durante generaciones y el gran Jefe Maharero se enfrentó con los alemanes, quienes exterminaron a 75.000, de un pueblo que apenas llegaba a los 90.000 en 1923, y donde el gobernador alemán había ordenado “no perdonéis, hombre, mujer o niño”. También en estos siglos encontramos a los Bami de Ruanda, y a los integrantes de los reinos de Dahomey y Ashanti.

Está claro que salvo excepciones todos los pueblos negros tenían una estructura de clanes, donde cada uno era reconocido por algún símbolo específico, y un ejemplo de ello lo constituyen los Yombé (o Mayombé), de gran importancia en América por la enorme cantidad de esclavos pertenecientes a este pueblo, que reconocían nueve antepasados fundadores de los clanes. También puede citarse a los Bemba de Zambia que formaban clanes divididos en subclanes mayores (ikisaka kikalamba) y menores (ikisaka kyaike). Otro ejemplo de la estructura clánica son los Bakongo, que se ordenan según la fecha en que cruzaran el río Inkisi y que son Na Kanga Ki Kongo (el empuje)Bila ki Kongo (la fuerza), Yanda ki Kongo (la dispersión), Nikasi ki Kongo (el sobrino), Mpakasa zi Kongo (Los búfalos), Ngombe zi Kongo (los toros), Mpangala zi Kongo (la defensa), Ngwna na Kongo (el encuentro). También vemos que los Senoufo, de Costa de Marfil, se dividían en cinco clanes: Sorco (pantera), Yao (antílope), Silué (mono), S’ekongo (ardilla de tierra) y Tuo (jabalí)

Estos brevísimos ejemplos que he mostrado demuestran la enorme complejidad que encierran los pueblos africanos y sus culturas, con la enorme riqueza que supone descubrir formas de vida que ignoramos y que nos hemos empeñado en no conocer. Y es de importancia fundamental para cualquier latinoamericano, estudiar y profundizar en tales pueblos, ya que –aunque muchos pretendan negarlo- existe esa sangre en la gran mayoría de los que vivimos en este continente.

No es menor el dato de que en el censo de 1778 el 45 % de la población era negra, y su crecimiento fue sostenido, mezclándose en forma permanente con los criollos, y con una parte importante de la sociedad tradicional, no solo en Buenos Aires, sino en Corrientes, Tucumán, Salta, Catamarca, en cuanto a casos que son conocidos. Empero, las guerras de la independencia, las enfermedades, de la guerra del Paraguay contribuyeron grandemente a la desaparición de los negros puros o de los morenos.

En lo que hace a la clase tradicional esto fue ocultado durante dos siglos, hasta que una serie de investigadores comenzaron a buscar y poner en evidencia como importantes personajes de la historia, tenían sangre de aquellos esclavos que habían venido tiempo atrás.

Para terminar, existe un hecho histórico verdaderamente único en la historia de las naciones independizadas de España que tiene que ver con el Paraguay y al significativo aporte de la sangre africana y es el caso de dos personajes Clara Aguiar y Francisco de Figueredo (uno de los firmantes del acta de la independencia) cuya descendencia alcanzó importantes puestos públicos durante casi dos siglos, que fueron anatematizados por un decreto del Dictador Gaspar Rodríguez de Francia, prohibiendo a cualquier paraguayo casarse con los descendientes de esas dos personas, a las que se tildó de pardas, lo que no impidió que a la caída de éste esa disposición no fuera tomada en cuenta. Y en lo que respecta a este fundamental personaje de la historia del Paraguay, existen fundadas sospechas de que tenía sangre africana, ya que en la información de limpieza de sangre que se conserva en el Archivo General de la Nación, el mismo hace un prolijo relato de su ascendencia materna hasta los conquistadores del Paraguay, y cuando se refiere a su linaje materno, dice que es hijo de García Rodríguez Franca, natural de San Pablo, en el Imperio del Brasil.

Esos arraigados prejuicios, que eventualmente podían comprenderse en el siglo XIX, carecen hoy de cualquier justificación, debido a lo cual el estudio de las culturas del África negra, no debe resultarnos ajeno y debe ser parte de cualquier indagación seria que pretenda hacerse sobre los orígenes de nuestro pueblo.